Mi primera hija Nina nació entre temblores

Mi primera hija nació entre temblores

Esta mañana desperté con la mente en silencio. Todo estaba en calma hasta que apareció un pensamiento intrusivo, de esos que llegan sin invitación y se instalan sin pedir permiso. Parecía insignificante, pero me acompañó durante todo el día, abriendo una puerta que llevaba años cerrada.

Entonces recordé.

El 12 de julio de 2014, embarazada de 29 semanas, estaba internada en el ala de maternidad cuando comenzó a temblar. Fueron minutos antes de que mi cuerpo se descompensara y comenzara la cuenta regresiva hacia los momentos más críticos de mi vida. Mi presión arterial alcanzó niveles de los que pocas personas regresan.

Tengo recuerdos fragmentados de ese día. Imágenes sueltas. La camilla avanzando a toda velocidad por los pasillos hacia pabellón. La cara de la pediatra que recibiría a mi hija. Recuerdo haberla mirado y decirle: «Cuídala.»

Después, destellos.

Nunca olvidaré una sensación en particular: verme reflejada en una enorme luz circular sobre mí que parecía espejo. Podía observar mi cuerpo completo, como si estuviera a la vez dentro y fuera de él. Era mi definición máxima de vulnerabilidad tocándole la puerta a Dios.

También recuerdo algo que durante años creí normal. Sentí cómo actuaba el bisturí antes de que la anestesia hubiera logrado el efecto suficiente. Sentí el corte, de derecha izquierda. Durante todos estos años pensé que todas las mujeres que tenían una cesárea sentían cómo las operaban y que simplemente eran mucho más valientes que yo.

Con mi segunda cesárea comprendí que no. La primera había sido una urgencia médica. Probablemente no hubo tiempo suficiente para esperar que la epidural hiciera plenamente su trabajo.

Pero eso no fue lo más doloroso. Nina vivió casi cinco años y durante esos cinco años me volví loca de amor por ella.Era un amor tan inmenso, tan absoluto, tan perfecto, que todavía hoy me cuesta describirlo. Un amor eterno, divino e imposible de explicar. Tan puro que no podría ensuciarlo con palabras.

No hay día que no piense en ella. No hay día en que no aparezca de alguna forma. En una fecha. En una canción. En una conversación cualquiera. En una fotografía. En una niña de su edad en silla de ruedas. En un instante cualquiera de silencio.

Quizás eso es el duelo cuando se ama profundamente: una ausencia tan presente que termina acompañándote a todas partes.

Pero esto no es lo doloroso. Lo que verdaderamente lo es, es haberla amado con todo mi ser y saber que no la podré volver a tocar, oír ni oler nunca más.

El dolor llega con el bisturí que raja y amputa el alma, crudo y sin anestesia.

Todo lo demás resulta anecdótico frente a eso. Un anécdota que el 13 de julio desperté sola en una habitación. Sin Nina y sin entender del todo qué había ocurrido. Rodeada de cables y alarmas. De silencio entre los sonidos de las máquinas.

Y entonces volvió a temblar.

Nina había nacido entre temblores el día anterior.

Y ahí estaba yo, despertando a una vida completamente distinta a la que había imaginado.

La muerte pudo haber llegado ese día e ineludible, vino después.

No escribí en mamacronica.com cuando Nina partió. La intención quedó suspendida durante años, atrapada en algún lugar entre el miedo, el agotamiento y la necesidad de seguir funcionando. HIstoria en pausa.

La vida siguió avanzando, como suelen hacerlo las vidas incluso cuando una parte de nosotros se queda detenida en algún lugar.

El dolor tampoco terminó entonces. Sigue apareciendo de vez en cuando, cuando algún pensamiento intrusivo encuentra una grieta por donde entrar y reclama ser escuchado.

Tal vez por eso escribo ahora. Tal vez por higiene emocional. Tal vez para descubrir qué queda cuando una se atreve a mirar de frente aquello que ha permanecido guardado durante tanto tiempo.

Esta mañana fue uno de esos pensamientos el que abrió la puerta.

Y me llevó de vuelta. Han pasado once años y el piso se me sigue moviendo desde aquel día.

Se mueve en las fechas que se acercan sin avisar. En los recuerdos inesperados. En los silencios. En las preguntas que nunca tendrán respuesta.

En esa ausencia tan presente que dejó Nina, siempre quedan recuerdos para recordarme que existieron.

Que sobreviví, que amé, que fui amada.

Que perdí. Y que seguí adelante incluso cuando no sabía cómo hacerlo.

Hay historias que no encuentran descanso en el silencio.  Hay dolores que necesitan palabras para transformarse en memoria.

Quizás eso es lo que intento hacer hoy.

Un comentario en “Mi primera hija Nina nació entre temblores

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dijo:

    Mi querida Jose, gracias por compartir tus más íntimos sentimientos. Fui afortunada al conocer un poquito a ese angelito que ahora te acompaña desde otra dimensión, la dulce Nina. Eres fuerte, mi querida amiga y muy valiente. Los llevo siempre en mi corazón. Mae

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